Hay una mala suerte colectiva que como generación chilena nos ha tocado cargar sobre los hombros. Encontrarnos de frente con la más mediocre y más sobreideologizada clase política que recuerde nuestra historia reciente. Mientras en el Congreso los escándalos por fraude al Estado, recursos públicos utilizados como caja chica, cobros de cuotas y "cortes de cola" se han vuelto la norma en parlamentarios e investigados por diversas fiscalías, la sensación térmica de la ciudadanía no es de sorpresa, sino de un profundo e irreversible asco.

No es casualidad. El día que en Chile se apagó la farándula del espectáculo tradicional, comenzó la farándula de la política. Los parlamentarios y autoridades abandonaron la gestión para transformarse en los nuevos rostros del prime time. Escándalos, litigios familiares, favores VIP, denuncias cruzadas y un escándalo semanal para mantenerse a flote. La política dejó de ser una vocación de servicio público y se convirtió en una trinchera de representación personal, un circo barato donde la prioridad no es resolver los problemas de la gente, sino figurar.

El verdadero drama es que no tenemos autoridades... Tenemos analistas de actualidad. Y analistas mediocres.

Vivimos en un país donde los políticos están más preocupados de la geopolítica internacional y cómo adecuarla a conveniencia de manera local, o de dar cátedra sobre conflictos del exterior que de atender la crisis de seguridad, el costo de la vida o la salud de los chilenos. Usan la vitrina pública para opinar de todo, criticar todo y analizarlo todo desde una trinchera ultraideologizada, pero al momento de gobernar o legislar, la hoja de respuestas está completamente en blanco.

En el plano regional, este complejo y cansador escenario institucional se multiplica por diez. La escena local de concejales y consejeros regionales se redujo a una comparsa de fiscalizadores de redes sociales.

Se pasan la vida reclamando, vociferando y presentando denuncias mediáticas con un único fin: generar contenido para sus cuentas de Instagram, sumar seguidores y asegurar la plataforma para la próxima reelección o el próximo cargo de elección popular.

¿Propuestas de fondo en los últimos años? Ninguna. Nadie recuerda una sola iniciativa transformadora impulsada por un concejal o un consejero que le haya cambiado la vida a la gente.

¿Y los seremis? Ni hablar. Convertidos en meros buzones de Santiago, no tienen margen de acción ni capacidad de gestión. Su única función es acatar órdenes al pie de la letra, sonreír para la foto oficial y rezar para que no les pidan la "renuncia voluntaria" a primera hora del lunes.

Esta degradación absoluta explica por qué la confianza pública en la clase política tocó fondo. La gente ni siquiera se molesta en denunciar por las vías institucionales. Prefiere recurrir a los medios de comunicación porque, con todas sus imperfecciones y diferencias, siguen ofreciendo una respuesta infinitamente más seria que una casta política desconectada de la realidad. Salvo escasas y contadas excepciones que solo confirman la regla,

Hemos quedado a la deriva de un grupo de profesionales del escándalo que cobran sueldos millonarios mientras el país se desmorona...

Y tuvimos la pésima suerte de ser la generación que atestiguó la muerte del sentido de Estado a manos de la farandulilla política.


Por Mauricio Vidal Guerra, periodista, director Zona zero.