La diplomacia exige formas, prudencia y respeto irrestricto por los canales institucionales. En ese marco, las recientes declaraciones del embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, cruzan una línea delicada en la relación bilateral, porque mezclan una controversia comercial legítima con una forma de intervención pública impropia de una representación diplomática.

El episodio combina dos dimensiones diferentes. Por un lado, está el debate comercial sobre los aranceles y el alcance del Tratado de Libre Comercio entre Chile y Estados Unidos.

Por otro, está la manera en que una embajada comunica sus desacuerdos con autoridades del país anfitrión. Separar ambos planos permite evaluar la controversia con mayor objetividad, sin confundir el fondo económico con la forma institucional. La controversia surge tras la decisión unilateral de Washington de imponer una sobretasa arancelaria del 12,5% a las exportaciones chilenas.

Frente a la legítima preocupación expresada por autoridades de Gobierno ante el impacto en sectores clave, como por ejemplo la agricultura, la respuesta del embajador resultó desproporcionada. Advertir que “no habrá acuerdo” si integrantes del gabinete continúan opinando, no contribuye a un clima de negociación adecuado; por el contrario, debilita la confianza construida durante décadas de relación bilateral. Chile y Estados Unidos sostienen una alianza histórica basada en valores compartidos, cooperación económica y seguridad regional.

Precisamente por la solidez de este vínculo, resulta fundamental resguardar los principios de la convivencia internacional, se supone que los ministros de estado responden al Presidente de la República y al país, no a los lineamientos de una representación extranjera. Considerando el importante desencuentro, parece evidente que los ministros no han recibido adecuadamente un respaldo del gobierno, es más se escucha con potencia la “aseveración” que es la cancillería quién tiene a su cuidado la negociación, dejando tanto al ministro Barros y al Ministro Campos, en un nivel de actores secundarios y además cuestionados por un embajador.

Seguramente para poder intentar superar este impase, se va a requerir recuperar un tono menos confrontacional y más profesional, lo que permitiría canalizar las diferencias a través de las negociaciones oficiales y recordar que la diplomacia eficaz se construye sobre el respeto mutuo y no sobre declaraciones improcedentes por parte de un embajador, como resulta obvio la cancillería salió al paso de las declaraciones de diversas autoridades políticas, manifestando que es la propia cancillería que tiene la responsabilidad de la negociación.

En todo caso desde la humilde opinión personal, la reacción del gobierno se puede entender como cuidadosa del proceso de negociación, sin embargo me parece que se puede ser cuidadoso también exigiendo respeto y velando por la Independencia propia de nuestro país.

Este bochornoso episodio desde luego cobra especial importancia si uno considera de que país viene la intromisión, en el caso de los EEUU es evidente que su intervención en el mundo ha sido este último tiempo, su actuar como “Patrón de Fundo”, lo que pudiera significar que los dichos del embajador Judd, están avalados por la más alta autoridad de ese país.

Por Miguel Sierpe Gallardo, columnista.