Tras poco más de 160 días al mando del país, el gobierno de José Kast ha dado señales claras de cómo podrían ser los próximos 1.300 días que le restan. No escribo esto con satisfacción. Aunque no comparto prácticamente ninguna de sus acciones, ni mucho menos la violencia, la mentira, la insolencia y la falta de respeto que, a mi juicio, se expresan a diario desde sectores cercanos al poder presidencial, tampoco es esto lo que quisiera ver ocurriendo en nuestra patria.

Lo que hemos visto es un conflicto tras otro.

Después de cada episodio aparecen nuevos cuestionamientos, incluso desde sectores que en algún momento contribuyeron a llevar al actual gobierno al poder. A Evelyn Matthei debe reconocérsele, en parte, el inicio de este fenómeno, al mostrar que no toda la derecha comparte la misma visión de país que muchos creíamos homogénea.

Si somos honestos, existen personas en ese sector que mantienen un sentido importante de responsabilidad social. Esa mirada parece estar creciendo dentro de la coalición de gobierno, como lo evidencian las diferencias expresadas por figuras como Briones y otros economistas, la presidenta del Senado, Paulina Núñez, Pablo Longueira, Guillermo Ramírez, Luciano Cruz-Coke y otros actores que han manifestado reparos concretos.

En materia de seguridad, esas diferencias provocaron una desaceleración inmediata en la tramitación de ciertas leyes. No creo que el gobierno vaya a cambiar su estilo, pero el paso de los días demuestra que, pese a los esfuerzos por impedir que avancen investigaciones contra senadores oficialistas, finalmente deberá imperar la ley.

De ser así, el gobierno podría quedar con una minoría permanente en el Senado. Analizar a nuestros adversarios políticos suele ser más fácil que examinar a quienes forman parte de la oposición. Esta tarea resulta especialmente compleja porque existe una siembra realizada por una generación de políticos jóvenes que irrumpió en la vida pública con la convicción de que los mayores debían retirarse. Muchos de ellos no tuvieron complejos en afirmar que representaban un estándar moral, ético y profesional superior, especialmente al inicio del gobierno de Gabriel Boric.

Al propio Presidente hay que reconocerle que debió moderar sus dichos y pedir ayuda a varios dirigentes con más experiencia para encauzar la acción de su administración. Tuve la oportunidad de plantearle personalmente esta reflexión cuando ejercía la Presidencia.

Muchos debieran comprender que, si bien el paso del tiempo puede afectar ciertas capacidades, ello no ocurre de manera uniforme. Hay personas de más de 50, 60, 70 e incluso 80 años cuyos cerebros funcionan con notable lucidez, sumando además la ventaja de la experiencia. Esto no significa que los jóvenes no deban estar presentes. Por el contrario, son necesarios, incluso para liderar un conglomerado. Sin embargo, en estos días, marcados por elecciones internas en algunos partidos políticos, vuelvo a percibir en ciertas declaraciones la torpeza de una prepotencia generacional.

Cuando se afirma que se conformará una coalición progresista para transformarse en alternativa de gobierno, la pregunta inevitable es si realmente seremos capaces de construir una alianza amplia, no solo para ganar una elección, sino para gobernar con sentido de país. Mi recomendación es comenzar ese trabajo desde ya. Como he señalado en diversas ocasiones, es necesario hacer un ejercicio profundo, doloroso si es preciso, para reconocer cada una de las equivocaciones que provocaron la estrepitosa derrota de la oposición y el triunfo amplio de quienes representan las antípodas de nuestros ideales.

Con el actual descrédito de la política, nada será fácil. He escuchado a personas inteligentes afirmar que no hay que preocuparse, porque Gabriel Boric ganará con holgura la próxima elección presidencial debido a que quienes hoy gobiernan lo harán muy mal. Sin embargo, ni siquiera un mago podría asegurar quién se sentará nuevamente en La Moneda en 2030.

De lo que sí tengo certeza es de que quien aspire a conducir el país deberá ser leal a Chile, trabajar para recuperar la confianza ciudadana y reconstruir credibilidad. Para ello, la unidad será indispensable.

Sin ella, seguiremos dando tumbos.

Miguel Sierpe Gallardo Columnista