Si existía un escenario donde la política chilena debía actuar como un solo bloque, con sobriedad, altura de Estado y un patriotismo sin fisuras, era en el control y fiscalización de la política exterior. Las relaciones internacionales no son una cancha para el lucimiento personal ni un botín para la trinchera electoral; son, por definición, el único espacio donde el país debe proyectar una sola voz, seria y cohesionada, frente a la mirada atenta de la comunidad internacional.

Lo ocurrido ayer en la Cámara de Diputadas y Diputados durante la interpelación al ministro de Relaciones Exteriores, Francisco Pérez Mackenna, no fue un ejercicio republicano de fiscalización; fue un espectáculo deplorable. Lo que debió ser un debate de fondo, riguroso y con altura de miras sobre los reales alcances y conveniencias estratégicas para Chile al adherir al acuerdo "Escudo de las Américas", se degradó rápidamente a la categoría de una barra brava en un estadio de segunda división.

De lado y lado de la sala, los discursos abstractos, los gritos de tribuna y las chicanas de corto alcance reemplazaron al análisis técnico y geoestratégico. La oposición, obnubilada por la tentación de propinarle un golpe político al gobierno del Presidente José Antonio Kast, prefirió el adjetivo destemplado y la caricatura antes que la pregunta incisiva y bien fundamentada. A su vez, el oficialismo respondió con la misma moneda: un atrincheramiento ciego, dogmático y desprovisto de autocrítica, incapaz de explicar con transparencia pedagógica los compromisos asumidos por el Estado chileno en el exterior.

La política exterior es el espejo donde las potencias y nuestros vecinos miden la solidez institucional de una nación. Cuando un país muestra a sus autoridades e interpeladores transformados en un enjambre de pasiones ideológicas, lo único que transmite hacia afuera es vulnerabilidad, fragmentación y falta de rumbo. Las naciones fuertes no discuten su seguridad internacional a través de la descalificación partidaria; la construyen a partir del consenso estratégico y la diplomacia de Estado.

Ayer Chile perdió una oportunidad de oro. Era el momento para exigir explicaciones claras con el respeto que merece el cargo, para demostrar que por encima de los gobiernos de turno existe una doctrina nacional permanente en materia internacional. En lugar de eso, la clase política prefirió convertir la Cámara en un circo ideológico, regalándole al mundo la imagen de un país infantilizado que contamina hasta sus temas más sensibles con la pequeñez de la disputa pequeña. Una penosa performance que no solo avergüenza a la ciudadanía, sino que nos deja, ante los ojos del mundo, peligrosamente débiles.

Por Mauricio Vidal Guerra. periodista, director Zonazero.cl