Por estos días, los vecinos de Punta Arenas han sido testigos de una imagen digna de película: la silueta imponente y oscura de submarinos emergiendo a flote en plena bahía. No se trata de un avistamiento casual ni de una nave perdida, sino de un despliegue operativo de la Armada de Chile que trajo hasta el Estrecho de Magallanes a sus unidades más sigilosas y avanzadas.
Para resolver la duda que muchos se hacen en la costanera, Chile cuenta actualmente con cuatro submarinos en su Fuerza de Submarinos. Dos de ellos pertenecen a la clase Scorpène de origen franco-español —el General O'Higgins y el General Carrera—, mientras que los otros dos corresponden a la clase 209/1400L de origen alemán —el Thomson y el Simpson.
Por estas fechas, las aguas de Magallanes albergan simultáneamente a dos de estos colosos oceánicos, convirtiendo al Estrecho en un verdadero escenario de alto nivel táctico.
Pero, ¿qué hacen dos submarinos en la bahía de Punta Arenas y por qué están ahí expuestos a la vista de todos? Su presencia responde al desarrollo de un masivo entrenamiento militar integrado en los canales australes. Estas maniobras combinan el trabajo defensivo con fragatas de la Escuadra, aeronaves de la Aviación Naval, unidades de la Infantería de Marina y fuerzas del Ejército. La bahía actúa como punto logístico de reabastecimiento, descanso de la tripulación y coordinación táctica antes de adentrarse en las complejas geografías de los canales y fiordos del extremo sur.
La importancia de este despliegue de disuasión y soberanía austral fue inspeccionada en terreno por las máximas autoridades del país durante su reciente visita a la región.
Vivir dentro de uno de estos tubos de acero hipertecnológicos es una hazaña en sí misma. La dotación promedio de estos submarinos ronda entre las 31 y 38 personas, compuestas por oficiales y personal de gente de mar altamente calificado. En su interior no existen las ventanas ni los horarios solares; el espacio está optimizado al milímetro para albergar motores diésel-eléctricos, salas de control, camas fijas y compartidas, y un hangar de torpedos y misiles. Pueden navegar sumergidos durante semanas produciendo su propia agua potable y también su oxígeno, saliendo a la superficie solo cuando es estrictamente necesario para recargar sus baterías.

Las características de estas naves las sitúan entre las más peligrosas y eficientes de su tipo en el mundo. La estrella de la flota es la clase Scorpène, con una longitud de 66,4 metros y casi 2.000 toneladas de desplazamiento bajo el agua. Es un submarino ultra silencioso, prácticamente invisible para los sonares enemigos, capaz de disparar torpedos pesados de larga distancia y misiles antibuque Exocet que se lanzan sumergidos y salen al aire para buscar su objetivo.
Por su parte, la clase 209 alemana, con sus 61 metros de largo, destaca por su agilidad, maniobrabilidad en aguas frías y un temible poder de fuego de combate.
Si se compara la capacidad submarina de Chile con la región, la diferencia es sustancial. Chile mantiene operativas y modernizadas el 100% de sus cuatro unidades continentales, posicionándose como la Fuerza de Submarinos más disuasiva y tecnológicamente preparada del Pacífico Sur.

En el caso de Argentina, su fuerza submarina se encuentra actualmente fuera de servicio operativo tras la trágica pérdida del ARA San Juan en 2017 y los inconvenientes técnicos prolongados del ARA Salta y el ARA Santa Cruz, lo que deja a la Armada de Chile como el único operador activo de submarinos convencionales de ataque en las inmediaciones del paso interoceánico y el continente antártico.
Los submarinos permanecerán en las frías aguas de Magallanes durante varios días más hasta completar los ejercicios de entrenamiento táctico y patrullaje de rutas oceánicas australes, resguardando el control de un paso estratégico por el que navega el comercio y la navegación del mundo entero.
