En los gélidos fiordos y canales de la Región de Magallanes se despliega un fenómeno jurídico y económico que genera creciente preocupación en los sectores productivos de la zona. A primera vista, la discusión parece centrarse en la justa reivindicación territorial y el resguardo de las tradiciones de los pueblos originarios frente a la expansión de la acuicultura. Sin embargo, al examinar la dinámica administrativa que desencadenan estas solicitudes, emerge una paradoja institucional: un mecanismo ideado para otorgar derechos territoriales se ha transformado en un efectivo freno de mano para la economía regional.
El punto de origen de esta encrucijada radica en la aplicación de la Ley N° 20.249, conocida como Ley Lafkenche, la cual crea la figura de los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO). La normativa establece que, una vez ingresada una petición de esta índole ante la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura, se activa una suspensión automática e inmediata de todas las solicitudes de concesión en el área requerida. El congelamiento administrativo se mantiene vigente mientras la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena y la Subsecretaría de Fuerzas Armadas tramitan las acreditaciones y delimitaciones correspondientes.
Lo que para diversos analistas y gremios locales resulta contradictorio es la conducta posterior al ingreso de los expedientes. En la práctica, extensas franjas de mar en los canales magallánicos quedan paralizadas durante años por solicitudes que abarcan millones de hectáreas. La paradoja se evidencia en que el objetivo de fondo no parece ser la obtención efectiva de la titularidad comunitaria ni el desarrollo de proyectos propios en el mar, sino mantener el trámite abierto en un limbo legal indefinido. Este bloqueo por la vía administrativa impide que cualquier actor, sea privado o estatal, pueda obtener autorizaciones para operar en esas áreas.
Esta postura política y territorial quedó de manifiesto en publicaciones relacionadas al tema. Hace un tiempo, en un análisis difundido por Le Monde Diplomatique, dirigentas del territorio expusieron la visión de fondo detrás de la defensa del borde costero. Mientras la dirigenta Leticia Caro señalaba de forma tajante que «no queremos la salmonicultura en nuestros canales ni la entrega de más permisos; la única forma de resguardar el mar es frenar su intervención», la dirigenta Haydée Aguilar remarcaba que «los espacios marinos no son para el usufructo ni para la explotación industrial de nadie, sino para mantener libre el territorio que heredamos». Dichas afirmaciones reafirman la premisa de la industria: el fin último de la articulación comunitaria no es competir por la concesión del mar, sino mantenerlo cerrado a la intervención productiva.
Esta estrategia de ralentización burocrática tiene un impacto directo en la salmonicultura, una de las principales industrias generadoras de empleo directo e indirecto en el extremo sur del país. Con relocalizaciones de concesiones suspendidas y nuevos proyectos bloqueados en el sistema de evaluación, la capacidad del sector para planificar inversiones a largo plazo se reduce significativamente.
La incertidumbre jurídica frena la llegada de capitales, limita el desarrollo de infraestructura técnica e impide la expansión de la cadena de proveedores locales.
El costo más alto de esta paralización lo asume el mercado laboral magallánico.
En un contexto nacional marcado por presiones económicas y cifras de desempleo que preocupan a las autoridades regionales, la imposibilidad de avanzar en proyectos productivos frena la creación de puestos de trabajo formales y bien remunerados. Cada hito administrativo postergado se traduce en contrataciones que no se concretan, servicios de logística que no se contratan y oportunidades de capacitación que quedan en pausa para la mano de obra local.
Mientras la Comisión Regional de Uso del Borde Costero evalúa la admisibilidad de los expedientes acumulados, la controversia abre un debate inevitable sobre el equilibrio de las políticas pública. La protección del entorno y los derechos consuetudinarios conviven con la urgente necesidad de reactivar la economía regional. Así las cosas, por ahora, el bloqueo administrativo mantiene en suspenso el dinamismo productivo de Magallanes.
