El economista Alan Greenspan, uno de los presidentes de la Reserva Federal (Fed) más influyentes de la historia de Estados Unidos, falleció el lunes recién pasado a los 100 años de edad.
Nacido en 1926 en Nueva York, en el seno de una familia judía, Greenspan estuvo a punto de dedicarse profesionalmente a la música, pasión heredada de su madre pianista. Sin embargo, terminó convirtiéndose en una de las figuras más poderosas de la economía mundial. Apodado el “Oráculo” o el “Maestro”, dirigió la Fed durante 19 años (1987-2006), el segundo período más largo en la historia de la institución, bajo cinco presidentes de ambos partidos: Reagan, George H. W. Bush, Clinton y George W. Bush.
Su estilo de comunicación opaco y preciso hacía que cada una de sus declaraciones fuera analizada con lupa por inversores y analistas. Popularizó el término “exuberancia irracional” para advertir sobre el sobrecalentamiento de los mercados.
Defensor de políticas monetarias flexibles, contribuyó a períodos de fuerte crecimiento económico en los años 90 y principios de los 2000.
Sin embargo, su legado también enfrenta críticas. Muchos economistas le reprochan haber mantenido tasas de interés muy bajas durante demasiado tiempo, lo que habría alimentado las burbujas puntocom y del mercado inmobiliario que derivaron en la crisis financiera de 2008 y la Gran Recesión. Años después, el propio Greenspan reconoció las limitaciones de las previsiones económicas: “El verdadero problema es que buena parte de la política monetaria se basa en las previsiones económicas, y la capacidad de estas es limitada”.
La Fed rindió inmediato homenaje a su “legado” y al papel que jugó en generar confianza en la institución. Greenspan, de perfil libertario, gran aficionado al golf y con una larga trayectoria en los círculos de poder de Washington, deja una huella profunda en la historia económica contemporánea.