En el último tiempo, se ha vuelto casi una costumbre escuchar declaraciones imprudentes, ofensivas y peligrosamente irresponsables de Donald Trump. Aunque se trata de una realidad más lejana para Chile, sus decisiones y exabruptos han producido efectos económicos y políticos relevantes a nivel internacional. Más grave aún resulta que algunas de esas actitudes sean celebradas por sectores políticos locales, como si la prepotencia y el desprecio por las reglas fueran virtudes aceptables en la vida pública.

Pero la tensión más cercana y preocupante está al otro lado de la frontera. En el caso del presidente argentino Javier Milei y de algunos de sus colaboradores, la situación ya no puede tratarse como un simple exceso verbal ni como una anécdota diplomática. No pretendo hablar como experto en geopolítica, sino desde la experiencia de quien ha vivido toda su vida en Magallanes, una región donde la relación con Argentina forma parte de la vida cotidiana. Cada vez que se agudizan las dificultades políticas internas en Argentina, ciertos sectores vuelven a utilizar la tensión con Chile como recurso de distracción, instalando sospechas y ambigüedad donde debería prevalecer respeto. Esa práctica es irresponsable, dañina y debe ser enfrentada con claridad.

Los factores que alimentan este conflicto son concretos y no deben minimizarse: La insistencia argentina en reactivar reclamos de soberanía sobre las Islas del Atlántico Sur, que termina contaminando la relación regional. El uso reiterado de temas limítrofes o territoriales como instrumento de política interna, una maniobra conocida que no puede seguir siendo tratada con ingenuidad.

Las declaraciones agresivas de figuras públicas argentinas sobre territorio chileno cuya pertenencia está definida por acuerdos vigentes y no admite reinterpretaciones oportunistas. Estos hechos no son inocuos. Más allá de sus motivaciones específicas, buscan desviar la atención de problemas internos y, al mismo tiempo, introducen una tensión artificial en una relación que exige responsabilidad.

Chile no puede normalizar ese comportamiento ni responder con silencio cada vez que se pone en cuestión su territorio, su soberanía o su dignidad nacional. En Magallanes, la República Argentina no es una realidad distante. Existen familias, amistades, vínculos comerciales y una historia compartida que une a ambos lados de la frontera. Precisamente por eso, los pueblos de Chile y Argentina no merecen ser utilizados como piezas de una estrategia política basada en el resentimiento, la provocación o la desconfianza. Defender la buena vecindad no significa aceptar pasivamente discursos que la deterioran.

Frente a este escenario, la respuesta del Gobierno chileno no puede seguir limitada a la cautela diplomática. La prudencia es necesaria, pero cuando se transforma en ambigüedad deja de ser virtud y pasa a ser una señal de debilidad. En materias vinculadas con la soberanía nacional, Chile debe hablar sin rodeos: el territorio, los tratados vigentes y los intereses permanentes del país no se relativizan, no se negocian bajo presión y no se dejan expuestos a provocaciones externas. La defensa nacional exige claridad, firmeza institucional y una comunicación política que no admita dobles lecturas.

La confianza entre ambos países no se sostiene solo con reuniones, fotografías o gestos protocolares. También requiere límites claros cuando se producen declaraciones o acciones que afectan la convivencia bilateral. Si Chile calla, otros interpretarán ese silencio como permiso. Por el contrario, una relación madura con Argentina solo será posible si existe respeto recíproco, reconocimiento de los acuerdos vigentes y una defensa explícita de nuestra soberanía.

La amistad entre pueblos no se protege con debilidad, sino con franqueza, dignidad y firmeza.

Por Miguel Sierpe Gallardo, columnista.