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Una señal de alerta [Por Miguel Sierpe Gallardo]

Quienes hemos vivido varias décadas de la historia de Chile sabemos que los discursos marcados por la violencia, la agresividad y la descalificación no son inocuos. Suelen comenzar con palabras duras, escalar en confrontaciones y, con el tiempo, derivar en hechos de violencia concreta.
Esa experiencia ya la vivimos en el siglo pasado, y el costo para la vida política del país fue enorme: se perdieron vidas humanas y quedaron heridas cuyas consecuencias aún no se superan por completo. Por eso me preocupa que hoy las redes sociales se hayan transformado en una herramienta eficaz para atacar y dañar sistemáticamente a los adversarios, muchas veces al amparo del anonimato, la mentira y el engaño.

Recuerdo con claridad el ambiente político de los años 70 y la violencia inusitada que se vivió entonces en Magallanes. Hubo choques, agresiones, golpes e incluso balazos. Para quienes éramos jóvenes en esa época, esa experiencia nos marcó para siempre. Tengo especialmente presente la elección complementaria de 1971, cuando los comandos en disputa traían “activistas” desde la capital, ya entrenados en técnicas de confrontación política. Fue entonces cuando muchos conocimos de cerca el sonido de una munición. Por eso, frente al avance actual de la violencia, temo que la situación pueda volverse incluso más peligrosa.

No se trata de responsabilizar a una sola persona o sector. En política, como en cualquier ámbito de la vida, todos tenemos el deber de poner freno a las conductas agresivas y violentas. De lo contrario, podríamos terminar igual o peor que en aquella década.

Los factores que alimentan la violencia son muchos y de diferente tipo; Los insultos y descalificaciones entre autoridades y parlamentarios; La agresividad en redes sociales y entornos digitales; La participación de menores de edad en hechos punibles; El clima cotidiano cada vez más propenso a la confrontación y la pasividad de muchos referentes públicos que, en lugar de contener este ambiente, terminan alimentándolo.

Tal vez alguien considere exagerada esta reflexión, pero sinceramente espero que nunca tengamos que revivir escenarios como los del pasado. Lo inquietante es que no se advierte, en ningún sector, una preocupación proporcional frente al deterioro de la convivencia en el país.

Hoy, existe una oportunidad para reconstruir la convivencia, el Gobierno como las oposiciones tienen una posibilidad real de contribuir a una convivencia más civilizada. Para ello, sería necesario que todos se dispusieran a discutir de manera constructiva el llamado “Proyecto de Reconstrucción”, impulsado por el actual Gobierno.

Lamentablemente, en la Cámara Baja no fue posible sostener una discusión adecuada. Ojalá el Senado pueda hacer un aporte significativo para recuperar un clima de colaboración entre todos los actores involucrados. De lo contrario, seguiremos alimentando esa “bomba” descrita en los primeros párrafos, cuya explosión podría traer consecuencias tan o más dolorosas que las que vivió el país en los años 70.

Por Miguel Sierpe Gallardo, columnista.