En agosto de 2026 la policía boliviana allanó una casa en Santa Cruz de la Sierra buscando a un hombre acusado de contratar a un sicario para matar a su pareja, embarazada de él. Lo que encontraron, además del sospechoso, resultó más revelador que el crimen mismo: más de 40 mil dólares en efectivo, armas, indicios de narcotráfico y contrabando de oro y combustible, y una “granja de bots”: decenas de dispositivos conectados para fabricar, las 24 horas del día, la ilusión de que miles de personas piensan exactamente lo mismo. El detenido, Fernando Cerimedo, no era un delincuente común. Era uno de los operadores digitales más influyentes de la nueva derecha latinoamericana, y su granja no cultivaba nada que se pudiera comer: cultivaba miedo, y lo cosechaba en forma de votos y de poder.

Aquí en Magallanes, donde la prensa escrita agoniza y buena parte de la ciudadanía se informa de política casi exclusivamente por redes sociales, la distancia entre “lo que se comenta” y “lo que realmente ocurrió” no es un dato abstracto de laboratorio: es el terreno donde se deciden nuestras propias elecciones municipales, nuestros propios plebiscitos, y hasta la confianza que un vecino le tiene a su concejal. Si hoy se investiga en Santiago cómo cuentas automatizadas intentaron torcer un plebiscito nacional, no hay ninguna razón para suponer que Magallanes fue una excepción: fuimos, como el resto del país, terreno fértil para la misma granja.

Este modelo de negocio no lo inventó Cerimedo. Tiene nombre, apellido y fecha de nacimiento documentada: Cambridge Analytica, la consultora británica que en 2018 el mundo descubrió había recolectado, sin consentimiento, los datos de 87 millones de perfiles de Facebook —70,6 millones de ellos en Estados Unidos— a través de una aplicación que apenas 270 mil personas habían descargado. Con esos datos armaban perfiles psicológicos individuales: a cada persona le mostraban un mensaje distinto, calibrado para su miedo particular o su entusiasmo particular. La empresa, dirigida por Alexander Nix y con Steve Bannon como vicepresidente, cobró 5,8 millones de dólares a la campaña de Ted Cruz, trabajó para Donald Trump en 2016, asesoró a la campaña del Brexit, y ya en 2010 había ensayado en Trinidad y Tobago una campaña para desalentar el voto de los jóvenes afrodescendientes. También operó, con un impacto que investigadores académicos han matizado después, en Kenia y Nigeria. El escándalo estalló el 17 de marzo de 2018 gracias al testimonio del extécnico Christopher Wylie; la empresa quebró dos meses más tarde y Facebook terminó pagando una multa de 5.000 millones de dólares en Estados Unidos.

Que Cambridge Analytica haya quebrado no significa que el modelo haya muerto. Se disolvió, y sus técnicas y sus operadores se dispersaron en decenas de consultoras más pequeñas, más baratas y mucho más difíciles de rastrear. Cerimedo es uno de esos herederos: fundó el medio “La Derecha Diario” y la agencia Numen, y con sus granjas de bots fue pieza clave en la campaña de Javier Milei en 2023. Un análisis reciente de Radio Universidad de Chile lo describe como parte de una nueva “arquitectura del poder digital” latinoamericana: su aporte no fue inventar la mentira, sino entender que ya no hace falta convencer a nadie con ideas si se puede intervenir directamente el algoritmo que decide qué es “relevante” en una plataforma. Con esa fórmula, su huella aparece documentada en Argentina, Brasil, Honduras —donde un consultor republicano estadounidense habría ayudado a conseguirle a un candidato local un espaldarazo público del propio Donald Trump— y también en Chile, Colombia, Paraguay, México, Perú y Ecuador.

En nuestro país los primeros reportes sobre cuentas automatizadas datan de septiembre de 2022, en plena campaña del Rechazo a la propuesta de nueva Constitución. En diciembre de 2024 circuló una fotografía de Cerimedo en una cumbre de derecha en Buenos Aires junto a dirigentes de la UDI y del Partido Republicano que hoy ocupan cargos en el gobierno de José Antonio Kast, quien reconoce haberlo “conocido” pero niega haber trabajado con él —una distinción que ni siquiera convenció a su propia excompetidora, Evelyn Matthei, quien ha dicho públicamente que no le cree. El 2 de septiembre de este año, con 69 votos a favor, la Cámara de Diputados aprobó formar una comisión investigadora sobre el uso de bots, desinformación y manipulación algorítmica en nuestras elecciones desde 2020, y la Fiscalía abrió su propia causa.

Y esto no ocurre en el vacío ni de forma espontánea. Steve Bannon, el mismo que fue vicepresidente de Cambridge Analytica, impulsa hoy “The Movement” para articular a la ultraderecha global, y ha tenido un rol reconocido en el ascenso de VOX en España. VOX, a su vez, financia el Foro de Madrid, la instancia internacional que reunió a esta misma familia política en Santiago a comienzos de septiembre —inaugurada, no por casualidad, por Javier Milei. La cadena es clara: no son hechos aislados ni “teorías”, sino una red transnacional, con financiamiento cruzado, que encontró en la desinformación algorítmica su herramienta más rentable.

Conviene ser honestos y no caer en el atajo fácil de ver una conspiración perfecta detrás de cada derrota política propia. La manipulación digital tampoco es propiedad exclusiva de un solo sector. Pero lo que distingue hoy al caso Cerimedo de la simple sospecha es que dejó de ser un señalamiento entre adversarios incómodos: hay una causa penal en Bolivia, una comisión investigadora en el Congreso chileno y una fiscalía trabajando con evidencia física —bots, dinero, contratos—. Y a esa capa ya conocida se suma una nueva, más difícil de detectar: los videos falsos generados con inteligencia artificial, que en las elecciones de 2025 de la región fueron, según registró el medio de verificación Chequeado, protagonistas de la campaña, y que obligaron a Brasil a legislar con urgencia sobre el uso político de la IA.

Una granja, para producir, necesita tierra sin defensas. La nuestra ha sido, durante años, una ciudadanía que comparte antes de verificar y que confunde viralidad con verdad. Ese es, en el fondo, el único terreno que estas redes no pueden comprar: el hábito de preguntarse quién está detrás de cada publicación que nos indigna, y por qué. Mientras no lo cultivemos nosotros, seguirá cultivándolo alguien más, por 40 mil dólares en efectivo y un puñado de teléfonos conectados

Por Jonathan Cárcamo Gómez, concejal de Punta Arenas, profesor diferencial y psicopedagogo, columnista.