En la historia política del Chile postdictadura hubo hombres de discursos encendidos y figuras de primera línea que copaban los afiches electorales. Camilo Escalona Medina (1955-2026), sin embargo, pertenecía a una casta distinta: la de los arquitectos del poder interno, los articuladores de pasillo y los guardianes de la disciplina partidaria.

A los 71 años, y tras una prolongada batalla contra un agresivo cáncer de próstata que lo mantuvo en coma inducido en sus últimos días, la tarde de este viernes se confirmó el deceso del exsenador y actual secretario general del Partido Socialista. Con su partida no solo despide el PS a uno de sus militantes más influyentes del último medio siglo; la política chilena pierde a uno de los símbolos más nítidos de la transición y del "pacto de gobernabilidad" de la ex Concertación.

Del exilio a la cocina de la Concertación

La trayectoria de Escalona condensa las transformaciones de la izquierda chilena. Ingresó a la Juventud Socialista en 1969, con apenas 13 años. Fue dirigente estudiantil secundario bajo el gobierno de Salvador Allende, enfrentó el golpe de Estado de 1973, vivió el exilio en Viena y Berlín Oriental, y retornó clandestinamente al país en 1983 para rearticular a la colectividad en la sombra.

Sin embargo, su verdadero peso político no se midió en la clandestinidad, sino en el retorno a la democracia. Tras asumir como diputado en 1990 y liderar la facción interna "Nueva Izquierda", Escalona se convirtió en el hombre fuerte del PS. Presidió el partido en tres periodos claves (1994-1996, 2001-2003 y 2006-2010), transformándose en una pieza imprescindible para sostener los equilibrios de la Concertación.

El escudero de Bachelet y el roble del Senado

El punto de mayor densidad política de Escalona coincidió con el primer mandato de Michelle Bachelet (2006-2010). Ejerciendo en paralelo como senador por la Región de Los Lagos y presidente del PS, fue el principal blindaje político de La Moneda en los momentos más turbulentos de la administración, cuando las grietas de la coalición comenzaban a hacerse evidentes.

Su momento de máxima consagración institucional llegó en marzo de 2012, cuando asumió la presidencia del Senado. El hito no era menor: se transformaba en el primer socialista en ocupar ese sillón desde que Salvador Allende lo hiciese en la década de los 60. Desde ahí, capitaneó a la oposición frente al primer gobierno de Sebastián Piñera, combinando una retórica dura con una innegable pragmática institucional.

El quiebre de 2013: Cuando el aparato no bastó

Pese a su aura de invencibilidad interna, el poder de Escalona no fue inmune a los cambios de época. En 2013, la irrupción de las demandas ciudadanas por mayor democratización chocó de frente con el estilo tradicional del barón socialista. En medio de la definición de candidaturas para el regreso de Bachelet, Escalona se negó a competir en primarias no reguladas por el Servel en Los Lagos.

Desplazado a competir por la Región del Biobío, la maquinaria no fue suficiente y sufrió una categórica derrota electoral que lo dejó fuera del Congreso por primera vez en más de dos décadas. Fue la señal del desgaste de una forma de hacer política basada en los acuerdos de cúpulas. Intento posterior en 2017 en la Región de Aysén correría una suerte similar.

El último llamado a las filas

A pesar de las derrotas en las urnas y de no haber ocupado nunca un sillón ministerial ni una candidatura presidencial, la influencia de Camilo Escalona en la interna socialista no se extinguió. En los últimos años retornó a la mesa directiva como Secretario General.

Incluso golpeado por el avance del cáncer diagnosticado en 2024, sus intervenciones públicas mantuvieron el tono de advertencia que lo caracterizó: llamadas férreas a la "unidad y fraternidad" partidaria para evitar el desmembramiento del socialismo frente al nuevo escenario político nacional.

Su partida no solo cierra el ciclo vital de un dirigentazo implacable; despide también a una de las últimas figuras que encarnó el pragmatismo, la disciplina férrea y la hegemonía de la Concertación que gobernó a Chile durante sus décadas más convulsas y prósperas.