Este relato nace desde una preocupación profunda por la realidad que enfrentan muchos pacientes oncológicos en Magallanes: una espera prolongada, dolorosa y muchas veces invisible, que pone a prueba no solo la capacidad del sistema de salud, sino también nuestra sensibilidad como comunidad.
No busco señalar responsables individuales, sino llamar la atención sobre una situación que afecta a familias enteras y que exige una respuesta más oportuna, humana y eficiente. Escribo desde el dolor y con un profundo sentimiento de pesar por el terrible peregrinaje y sufrimiento que he visto atravesar a un fiel amigo de toda la vida. A él y a su esposa los conozco desde hace más de 35 años, desde que nuestros hijos comenzaron juntos su vida escolar en kínder. Nunca he conocido otro matrimonio tan sacrificado como ellos. Vendedores ambulantes, los vi trabajar afanosamente durante años para formar y educar a sus hijos, buscando entregarles la mejor educación posible: aquella a la que ellos nunca pudieron acceder. Trabajaron a la intemperie, bajo la lluvia, la nieve y el viento.
Nada detenía su esfuerzo diario ni su vida humilde, siempre orientada a ver coronado el éxito de sus hijos profesionales. A comienzos de mayo de 2026, después de varias semanas de fuertes dolores estomacales, mi amigo solicitó una hora particular con un gastroenterólogo. El 3 de mayo, el especialista indicó exámenes de imagenología y otros estudios. Dos días después, el resultado fue devastador: cáncer de páncreas. El 18 de mayo asistió al Hospital Clínico a un control broncopulmonar y presentó sus exámenes para recibir orientación. La médica que lo atendió gestionó su ingreso por urgencia. Tras nueve días de hospitalización, se le informó que debía realizarse una endosonografía en Santiago, específicamente en el Hospital San Borja Arriarán, para obtener una biopsia. Sin embargo, también se le comunicó que no había horas disponibles antes de 60 días debido al colapso del sistema en ese centro hospitalario. Frente a la gravedad del diagnóstico, la familia hizo todos los esfuerzos económicos posibles y viajó a Santiago el 24 de junio para buscar, de manera privada, una alternativa que permitiera adelantar el examen e iniciar cuanto antes el tratamiento. Sabían que, en una enfermedad como esta, una hora, un día, una semana o un mes pueden marcar una diferencia decisiva.
Después de recorrer durante tres días distintas clínicas en la capital, la familia recibió información desde el Hospital Clínico de Punta Arenas: se había conseguido una hora para el examen, pero la derivación debía realizarse formalmente desde el hospital de la ciudad. Por esa razón, mi amigo tuvo que regresar a Punta Arenas sin haberse realizado el procedimiento, solo para completar la tramitación correspondiente y reiniciar el proceso. Finalmente, el 3 de julio se logró realizar la endosonografía en el Hospital San Borja Arriarán. Sin embargo, fue la propia familia la que tuvo que insistir diariamente para que los resultados de la biopsia llegaran a Punta Arenas. Recién el 12 de agosto arribaron esos resultados, después de numerosas llamadas y gestiones diarias. En medio de este peregrinaje, y tras visitas diarias al hospital, se consiguió que por fin lo atendiera un oncólogo de ronda el 17 de agosto.
El especialista informó que, para iniciar la quimioterapia, antes debía intervenirlo un cirujano vascular para instalarle una fístula necesaria para el procedimiento. Por razones de disponibilidad, (Colapso de Cirujano vascular), esta solo pudo instalarse el 31 de agosto, y su funcionamiento requiere alrededor de una semana, para iniciar el tratamiento, el resto de los exámenes, entre ellos el TAC de abdomen y pelvis, quedó programado para el 16 de septiembre de este año. Sé que a muchas personas puede costarles seguir la secuencia de este relato. Por eso quiero resumirlo en una pregunta dura, pero necesaria: ¿cuántos días de vida perdió mi amigo durante esta espera? ¿Cuántos magallánicos enfrentan una situación similar mientras intentan destrabar un proceso excesivamente lento? ¿Cuántas posibilidades se reducen cuando transcurren cerca de 120 días sin acceso efectivo a tratamiento? No quiero culpar a nadie, porque esa no es mi intención. Sin embargo, ya no resulta aceptable escuchar periódicamente discursos sobre la preocupación de las autoridades de salud, de distintos signos, si en la práctica no existe una respuesta suficientemente oportuna, humana y concreta para quienes enfrentan una enfermedad tan grave.
En el caso de mi amigo, transcurrieron más de 120 días desde que supo que tenía cáncer hasta el momento en que podría recibir la primera quimioterapia destinada a atenuar su sufrimiento. Los médicos saben que muchos pacientes, en condiciones similares, ni siquiera alcanzan a recibir ese alivio.
No hay en estas palabras mala intención ni crítica ingrata hacia personas determinadas; hay, simplemente, una pregunta que como sociedad debemos enfrentar: ¿podemos aceptar que esto siga ocurriendo? Miguel Sierpe Gallardo, columnista.
