Se cumplen 1000 días desde que Javier Milei asumió el poder para convertirse en uno de los presidentes más singulares de la historia argentina y, por qué no, del mundo.
La Argentina tiene estas cosas: le gusta sobresalir y puede hacerlo tanto por sus peligrosos giros políticos como por su cultura deportiva o artística.
Ayer, justamente, conversábamos con una amiga sobre cómo, incluso para los estándares del país, Alberto Fernández fue demasiado.
Fernández apareció en el escenario como un salvador del ala izquierda del peronismo, mejor dicho, del kirchnerismo, para terminar convirtiéndose en cualquier cosa. Un mandatario ausente, ignorado, desprestigiado, con un discurso progresista que no ayudaba en nada a la sociedad.
Milei aprovechó esta ola de agotamiento general y comenzó su cruzada anticomunista, procapitalista, liberal, anarquista, anti-Estado y contraria a las regulaciones. Todo esto en un país que, desde hace décadas, mantiene un esquema proteccionista y de incentivo a la industria nacional.
En estos 1000 días desaparecieron más de 10 mil pequeñas empresas, la inflación ronda el 2,1%, el riesgo país ha bajado de los 500 puntos y la apertura continúa. Para Milei, la competencia exterior impulsará la eficiencia interna, pero no ahora mismo. En el camino habrá que padecer, según su visión.
Es que para Milei la realidad es simple. Las industrias nacionales, cobijadas por la mano del Estado en cualquiera de sus formas, son un estorbo, una de las razones del subdesarrollo. Y el Estado mismo, con su constante intervención en los asuntos privados, ni hablar.
Milei entiende al Estado como un gasto y no como una inversión. Un gasto innecesario en muchas materias.
A esta altura son miles las regulaciones que han desaparecido y, aun así, la apertura está lejos de ser completa. Comienza a hacerse sentir entre los argentinos la libertad de “elegir” y de comprar todo lo que pueden afuera antes que gastar localmente, en una feroz competencia de precios y comodidad.
De acuerdo con datos de mercado, en julio pasado, mes del Mundial, “1,7 millones de personas realizaron compras brutas de monedas extranjeras por US$ 3.319 millones, mientras que 697.000 vendieron por US$ 404 millones, quedando un saldo comprador neto de US$ 2.916 millones”, de acuerdo con el Balance Cambiario del Banco Central, consignó el periodista Ismael Bermúdez en Clarín.
Esto dice mucho de la situación general. La Argentina es un país aún en crisis, tiene obligaciones de deuda por USD 24.000 millones y, aunque el campo y la energía empujan el ingreso de dólares, todo hace pensar que no alcanzan y que existen numerosos agujeros sociales que están siendo desatendidos.
En 2026, la Argentina superará los USD 100.000 millones en exportaciones y el Gobierno lo festeja. En la población, la cifra quizás no genere mayor interés, pero se trata de un número aspiracional y que dice mucho sobre el comercio exterior de quienes logran alcanzarlo.
Por cierto, Chile superó los USD 100.000 millones en 2025 y Perú también supera esa cifra y sobrepasará a la Argentina en 2026. Esto sirve para demostrar que el país, a pesar de su potencial y tamaño, va por detrás de naciones que en los años 80 y 90 luchaban contra la pobreza. En los 80, Perú rondaba el 55% de pobreza y, en los 90, Chile llegó al 40%.
Sucede que en este país el Estado ha tenido un rol tan decisivo que el concepto de hacer escalar lo privado no aparece como una posibilidad real y accesible. Hoy, como siempre, la Argentina se encuentra volcada a resolver, en materia empresarial, lo macro: la minería, con el avance del cobre y el litio; el petróleo y el gas de Vaca Muerta; y el campo, claro.
Pero su plataforma continúa siendo estrecha y los inversores no aparecen para levantar la aguja de una sociedad que el mundo siempre mira con desconfianza en términos económicos.
La plataforma económica de la Argentina tiende a descartar al microproductor con posibilidades de estallar en el mercado, a no fijar la mirada en oportunidades que podrían ayudar a generar una buena cantidad de dólares y a no apostar por la innovación en su sentido más amplio.
Que todo esto existe, existe. Pero quienes lo intentan deben, en general, arreglárselas solos y ahora hacerlo en el campo de batalla de la apertura.
Lo que tiende a sacar a una sociedad de sus carencias son las propuestas múltiples, las plataformas abiertas donde converjan, por ejemplo, el turismo, la energía, la producción agraria y el mar. Entonces el empleo se multiplica y las posibilidades de inversión también, tal como ha quedado demostrado a lo largo de la historia.
¿Está sucediendo esto?
Por estos años, el país concentra su atención especialmente en Buenos Aires, la región norte, por la minería, y la zona núcleo pampeana. La mirada política y económica hacia el sur es escasa. Esto explica la multitud de negocios que todavía no fueron explotados por el país.
Solo basta pensar que una de las ciudades más famosas del Cono Sur, como Bariloche, no tiene casi inversión pública y sus avenidas padecen una insólita congestión en medio de un paraíso natural. La localidad ronda el millón de visitantes anuales. Un dato que debería alentar un mayor esfuerzo público.
Y no.
